domingo, 8 de julio de 2018

El adiós de Arturo

Por César Augusto Dávila


Era una tarde con garúa y maravillas. Comicheábamos con mi inolvidable hermano Arturo 'Apa' Morales y un par de chibolas de almanaque, en un concurrido restaurante bien llamado 'La buena muerte', por su vecindad al santuario del mismo aquietador nombre, allá por los Barrios Altos.

Una de las guapas se alucinaba poetisa, e insistía en mostrarnos su producción avallejeada, porque así son los que escriben versos; en tanto la otra, que se autoproclamaba 'ballerina' y me iba tocando en suerte, contaba una y otra vez su romance prohibido con un torero famoso.

Habíamos degustado todo un desfile de exquisiteces marinas y rematábamos al exceso un bebedizo que pretendiendo emular a la sangría española, apenas llega llamarse 'lija' y era una mezcla de gaseosa dulzona con un vinoco de pronóstico reservado, cuando en eso Arturo me hizo una seña convenida.

 "Vamos para que le cantes a mi mamá", me dijo, despertando sorpresa en nuestras partenaires, que no se imaginaban de qué iba la nota, aunque tampoco protestaban, pues su condición 'torera' las preparaba para encarar sin sorpresa cualquier imponderable de la fiesta.

Entonces, previo pago de la 'dolorosa', emprendimos zigzagueante trote hacia el cementerio 'El Ángel', donde reposan los restos de la adorada madre de mi amigo.

Entramos, y de un solo viaje llegamos ante el nicho en cuestión, salvando quién sabe cómo el laberinto de avenidas, plazas y cuarteles de la ciudad de los muertos.

 "Mi instinto indígena me guía", explicó orgulloso Arturo cuando dijo "aquí es", señalando esa suerte de triste anaquel que atesoraba a su viejita, cariñosa señora de ancestro ancashino, a quien tuve el honor de conocer, cuando su devoto hijo le preparaba almuerzos cinco tenedores, con camarero uniformado y todo, en su modesto depa del jirón Ica, mientras la animaba en su candente humor: "Come vieja, para que sepas como comen los blancos."

Bueno, pues, yendo a lo que íbamos, Arturo me animó con un gesto, y sin más me arranqué con el vals 'Petronila', nombre de nuestra viejita así homenajeada, solfeando a todo pecho: "Como símbolo de límpida pureza/ son las flores Petronila que hoy te envío…", mientras nuestras bellas comparsas abrían los asombrados ojos y sus graciosas y pedilonas boquitas aventureras.

Ni qué decir que los adustos paseantes nos miraban criticones y meneaban la testa como  censurando una muestra de cariño que estaban lejos de entender y trascendía la tumba. Pero para nosotros, esa era solo una de tantas.

Vuela volando –como un segundo tercio- pasaron algunos meses.

Cierta mañana me encontré al paso con Arturo y pude leer el mal viento de la tristeza en sus duras facciones de 'Jack Palance de La Parada', como él mismo solía autochapearse. "Estoy enfermo. Es cangrejo, hermano",  medio explicó a la volástica nomás, pues yo iba en taxi.

Ni dos meses pasaron, cuando la maldita cosa esa apagó su generosa vida, pero aun como yéndose por la puerta grande  y con trofeos, nos guardaba una sorpresa. Había encargado de los pormenores de su funeral al doctor Marcial Ayaipoma, postinero empresario taurino y gran amigo común.

Cuando llegamos a la que habría de ser su última parada, descubrí con asombro que lo sepultarían en un nicho cuidadosamente avecindado al que ocupaba la señora Petronila.

Y entonces comprendí uno de tantos misterios del amor filial y rompí a llorar, como solo hacemos los hombres y como a veces hago otra vez, cuando pienso en cualquiera de nuestras gloriosas tardes, taurinas… y de las otras. Descansa en paz, querido hermano, al lado de tu vieja. Yo seguiré regresando para cantarte algo que exalte  la vida, el amor, la verdadera amistad…  y esas cosas que nunca mueren.

 


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