lunes, 14 de octubre de 2019

La primeraindependencia en el Perú


Los peruanos nos aprestamos para conmemorar el bicentenario de la proclamación de nuestra independencia el 28 de julio de 2021.
Sin embargo, hay un pueblo que ya celebró el bicentenario de la proclamación y jura de su independencia del yugo español seis años antes de la llegada de la Expedición Libertadora (8 de septiembre de 1820) y siete años antes de que el general San Martín proclamara nuestra independencia sin disparar un tiro.
En efecto, el primer grito de Independencia que se escuchó en el Perú fue en Cangallo, hoy una de las 11 provincias de Ayacucho, el 7 de octubre de 1814. Ese día, sus habitantes, al lado de sus valientes morochucos, capitaneados por Basilio Auqui; don José Mariano Alvarado y el Dr. Valentín Munarriz, juraron la independencia solemnemente, y suscribieron el acta con la sangre de sus venas, que tuvieron la valentía de extraérsela para rubricar el documento y jurar su libertad.
El Bicentenario de la Jura de la Independencia de Cangallo es uno de los hechos históricos que marcó las páginas de nuestra historia nacional, en el proceso libertario sudamericano que culminaría con la Batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, diez años después.
En ese acto se "alcanzó a observar el formalismo jurídico pertinente que implicaba una ceremonia juramentaria legitimadora", a decir del historiador Max Aguirre Cárdenas. Fue el corolario de varias batallas, en las que los montoneros de Basilio Auqui vencieron en varias oportunidades a las tropas españolas, comandadas por los generales Mariano Ricafort y José Carratalá.
La lucha contra los españoles continuó por varios años. Los cangallinos resistieron y al mando de Auqui lograron repeler los ataques.
Pero fue en Saqapampa donde el guerrillero les propinó el golpe más fuerte a los reaalistas. No solo por las 400 bajas que les ocasionó, sino por la forma en que los hizo caer a las experimentadas tropas colonialistas en una trampa preparada especialmente antes de la batalla.
Ante esa vergonzosa derrota, Carratalá clamó venganza y lanzó un decreto el 17 de diciembre de 1821, en su cuartel general de Putica, en el que decía: "Quede reducido a cenizas y borrado para siempre del catálogo de los pueblos, el criminalísimo Cangallo." Además, disponía exterminar a sus habitantes, incendiar el pueblo y arrojar sus cenizas al río Pampas.
El mismo general cumplió su amenaza e ingresó a la localidad de Cangallo a cuchillo el 18 de enero de 1822, y dejó un reguero de cadáveres de la población civil.
Auqui siguió combatiendo y venció nuevamente a los españoles en Shuschi, pero sería traicionado por uno de los naturales, que quería ganar la recompensa que ofrecían por él. Fue apresado junto a su mujer e hijos y fusilado en febrero de 1822.
Al conocer su heroísmo, San Martín ordenó reedificar Cangallo y la llamó 'Heroica Villa'; más tarde Simón Bolívar le concedió la categoría de provincia, mediante un decreto emitido el 21 de junio de 1825; y por ley del 28 de mayo de 1828 se le dio el título de 'Heroica Provincia de Santa Rosa de Cangallo'.
Este hecho histórico demuestra que en lugares remotos también surgieron ideas de libertad que a la par generarían un vast proceso emancipador por todo el país.
Muchos historiadores recuerdan que el siglo XIX fue de explícita vocación emancipadora, y abundó en gritos libertarios y hasta proclamaciones independentistas informales como ocurrió en Tacna (1811), Huánuco (1812), Cusco y Moquegua (1814), entre otros. Ninguno de estos precedentes alcanzó a observar el formalismo jurídico pertinente que implicaba una ceremonia de esa naturaleza.
José Tamayo Herrera ('Historia General del Ejército Peruano') dice que se trató de la gran revolución peruana y auténtica jura de la independencia, que no se limitó a palabras, sino que fue una guerra en la que indios peruanos dieron sus vidas en arduas luchas y batallas que se extendieron por todo el sur peruano, parte de Charcas y La Paz (Bolivia). Sin embargo la historia centralizada en Lima no la reconoce como tal.
Lo que demuestra que hubo varias proclamaciones de la independencia, y explica el por qué muchos pueblos reclamen una revisión de la historia, en particular las jornadas independentistas, ad portas de la celebración del bicentenario de nuestra independencia; y se les reconozca su participación en las luchas por desprendernos del dominio español.
Sería una forma de reconocer a nuestros ancestros su lucha por la libertad y sacarlos del olvido o de la marginación histórica en que se los mantiene.

El aristocrático Jirón de la Unión

Cuando Francisco Pizarro trazó su famoso 'damero' tras fundar la Ciudad de los Reyes ninguno de los jirones tenía un nombre propio. Los primeros limeños se encargarían de bautizar cada calle según quien la habitaba, la iglesia o el giro de los negocios establecidos en ella. Las casas se distinguían por sus rasgos o escudo de armas dibujado en su portada.

El después llamado Jirón de la Unión fue tendido por el conquistador a partir del río Rímac, y dispuso un lote para la sede del cabildo en el mismo lugar que ocupa hoy.

Durante el virreinato y hasta 1862 cada una de sus 11 cuadras llevaba un nombre distinto: Puente de Piedra (cuadra 1), que unía Lima con el barrio de 'Bajo el puente' (Rímac); Palacio (2), donde se levanta la Casa de Gobierno; Portal de Escribanos (3), cuyas oficinas daban frente a la sede del cabildo; Mercaderes (4), por los variados negocios que en ella se instalaron.

Las otras se llamaban: Espaderos (5), por los locales de fabricación y venta de espadas instalados en el siglo XVII; La Merced (6), por la iglesia del mismo nombre; Baquíjano (7), por la casa de Juan Bautista de Baquíjano Urigoen, español que llegó al Perú en 1730. En esta calle funcionó el recordado diario La Prensa.

Las calles finales se llamaban Boza (8), por encontrarse en ella la casa de los marqueses de Boza; San Juan de Dios (9), por el hospital y la iglesia ahí ubicados; Belén (10), por el colegio fundado por las monjas del Corazón de Jesús y María, y Juan Simón (11), nombre de un propietario del terreno que marcaba el límite de la ciudad y colindaba con las murallas de Lima.

Todo siguió así hasta el 28 de mayo de 1862, cuando el cabildo de Lima aprobó el cambio en la nomenclatura y el Jirón de la Unión pasó a ser un eje en torno al cual se organizaba el tramo urbano, y los jirones (paralelos al río Rímac) que lo cruzaban de este a oeste llevarían el nombre de los departamentos de la costa; y los de oeste a este, de los departamentos de la sierra.

Así fueron denominados los jirones Lima, Callao, Ica, Huancavelica, Arequipa y Moquegua, de un lado; y Amazonas, Áncash, Junín, Huallaga, Ucayali, Ayacucho, Cusco y Puno, del otro.

(En la misma oportunidad se denominaron los jirones de uno y otro lado, que corrían de norte a sur, perpendiculares al río Rímac, y llevarían el nombre de una provincia de tal forma que cada uno de ellos tocaría en algún punto con el departamento al que pertenecía. Otros cambiaron de nombre: el jirón Arequipa pasó a llamarse Riva-Agüero y hoy es avenida Emancipación; y Ayacucho cambió a Miró Quesada y hoy es Santa Rosa de Lima. Pero eso es ya otra historia.)

Se eligió a este jirón como eje de la nueva zonificación por ser la vía principal de la ciudad, llena de comercios y servicios; y serviría de 'unión' de los departamentos de la costa con los de la sierra.

Por esa época, el jirón acogía restaurantes, tiendas de mercaderías importadas y joyerías. Los limeños de la alta sociedad, luciendo sus mejores trajes, salían a 'jironear', recorrer tiendas, ir al cine o comer. Era, entonces, la vía más importante de la ciudad, la más 'aristocrática' y donde se reunían los más célebres habitantes de la ciudad.

Por los años cincuenta, en la cuadra 7 funcionaba el café-cine-bar 'Palais Concert', donde se reunía la intelectualidad de la época. En esos años se atribuyó a Abraham Valdelomar la frase: "El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palais Concert, y el Palais Concert soy yo", que reflejaba el peso de esa vía dentro de la vida económica y cultural peruana.

El 20 de noviembre de 1982 las cuadras 3 a 9 fueron dedicadas exclusivamente al tránsito peatonal, pero sufrió un período de decadencia cuando la recesión económica y el aumento de la criminalidad ahuyentaron a las personas, y se convertiría en un emporio con gran cantidad de vendedores ambulantes.

A finales del siglo pasado, el reordenamiento del centro histórico dispuesto por el alcalde Alberto Andrade permitió que experimentara una reactivación en su economía y volviera a ser una vía eminentemente comercial. En 2013 fue considerada la sexta calle más cara de América Latina por el alto costo del alquiler de sus locales, según un reporte de Colliers International.

Transcurridos 484 años el Jirón de la Unión conserva el dinamismo que lo caracteriza y sigue siendo uno de los más concurridos de la capital, con su mezcla de tradición, modernidad y diversidad cultural.

Pero ha perdido el carácter aristocrático que tuvo a inicios de la República.