lunes, 18 de junio de 2018

Historias insólitas del fútbol

El arquero manco

Poco antes del comienzo del campeonato argentino de primera división de 1906, el arquero José Buruca Laforia pasó al club Alumni y dejó a su exescuadra, Barracas Athletic (institución hoy desaparecida), sin un guardametas titular. Ante esta situación de emergencia, Barracas se vio obligado a probar jugadores "de campo" en el arco. Como ninguno se destacaba en esa función, cada jornada se experimentaba con un nuevo candidato para el puesto vacante. El 26 de agosto, los hombres de Barracas debían trasladarse a la localidad de Campana —situada a unos 50 km al norte de la ciudad de Buenos Aires— para enfrentar a Reformer, un modesto conjunto integrado por los empleados de un frigorífico.

Esa fría mañana solamente ocho futbolistas se presentaron en la estación de trenes para efectuar el viaje hacia la cancha rival. Ya en camino, a la hora de plantear una estrategia para contrarrestar la desventaja numérica, se le encomendó la difícil tarea de custodiar los tres palos a Winston Coe, uno de los socios fundadores del equipo, quien habitualmente se desempeñaba como defensor.

En la cancha, la estrategia instrumentada por el disminuido Barracas sirvió de poco frente al conjunto completo de Reformer, que se adjudicó una contundente victoria por 11 a 0. Empero, las crónicas periodísticas de la época elogiaron la labor de Coe quien, a pesar de contar con una deficiencia física, evitó que Barracas sufriera una goleada aún más humillante. Y no era para menos, ya que al improvisado arquero... ¡le faltaba el brazo izquierdo!


Winston Coe, arquero sin un brazo.

El árbitro a caballo

A la final del torneo de segunda división de 1925 de la ciudad argentina de Córdoba llegaron los clubes locales Vélez Sarsfield y Peñarol. El choque definitivo se pactó en una canchita del barrio El Abrojal, y se designó a Carlos Libertario Linossi para controlar las acciones del trascendental desafío.

A los treinta minutos de la segunda etapa, con el marcador 1-1, Peñarol consiguió el gol que lo catapultaba a la división de honor del fútbol cordobés. Pero la conquista no fue bien recibida por los seguidores de Vélez: gracias a la falta de alambrado olímpico, los hinchas decidieron ingresar al campo de juego para golpear a los futbolistas rivales, quienes a su vez fueron defendidos por sus partidarios.

En medio de una riña generalizada, Linossi montó el caballo con el que había arribado al lugar y comenzó a despejar, a empellones, a los exaltados espectadores. La bravura del centauro consiguió el milagro del retorno de la calma para que el encuentro prosiguiera sin nuevos disturbios. Hasta el último minuto, el hombre de negro continuó su labor sentado en el lomo de su corcel. Fue el primer árbitro con cuatro patas.

Una pena que no hubiera una cámara que captase ese momento.


El 'Loco' Linossi, primer árbitro a caballo.

El técnico que dirigía con pañuelos de colores

El 17 de octubre de 1943 se disputó la primera fecha del flamante torneo profesional de México. Esta nueva era del fútbol azteca, sostenida por mecenas acaudalados y grandes empresas, atrajo, como la miel a las moscas, a muchos veteranos futbolistas argentinos, ávidos de ganar una buena suma para su retiro.

Uno de ellos fue el centrodelantero Marcos Aurelio, quien dejó Vélez Sarsfield para sumarse al club León. Allí, Aurelio tuvo un entrenador que utilizaba un complejo método para darles instrucciones a sus dirigidos, basado en pañuelos de diferentes colores.

Si el técnico agitaba uno de color azul, todos debían ir al ataque. Al contrario, si exhibía uno verde, los once tenían que defender. Y si el pañuelo elegido era rojo, había que retener la pelota.

La novedosa estrategia se puso en práctica, pero las cosas no salían nada bien: por más que el 'míster' cambiaba los colores, los goles rivales caían uno tras otro. Con el partido desfavorable por 5 a 1, Aurelio se acercó al banco y, dirigiéndose al técnico, le sugirió: "¿Qué le parece si saca un pañuelo blanco y nos rendimos?"

El peor descuido de un arquero en la historia 

Atlético de Madrid llegó una sola vez a la final de la Copa de Campeones de Europa y estuvo a cuarenta segundos de obtener el título más importante del fútbol del Viejo Continente, pero un increíble descuido de su arquero Miguel Reina lo privó del preciado galardón.

La final del torneo, que enfrentó al conjunto madrileño con Bayern Munich de Alemania, se llevó a cabo el 15 de mayo de 1974 en el estadio Heysel de Bruselas, Bélgica.

Al término de los noventa minutos reglamentarios, el marcador continuaba en blanco, por lo que el juez local Louis Loreaux hizo jugar el alargue de dos tiempos de quince, tal como lo establecía el anterior reglamento.

A los 113 minutos, el delantero español Luis logró abrir el marcador con un tiro bajo que superó al legendario portero Sepp Maier. Parecía que la gloria quedaba en poder de la escuadra española.

Sin embargo, a segundos del final, ocurrió lo inconcebible: aún con la pelota en juego, Reina se quitó los guantes, abandonó su lugar y se los regaló a un fotógrafo que se encontraba detrás del arco. El inadmisible descuido fue aprovechado por el defensor alemán Georg Schwarzembeck quien, al notar que la meta estaba libre, efectuó un violento disparo de zurda desde treinta metros que llegó hasta las redes sin oposición. Igualado el duelo, se pactó un encuentro definitivo para dos días más tarde, en el mismo estadio, y el entrenador Juan Carlos Lorenzo decidió mantener a Reina. Nuevo error: los alemanes se impusieron por 4 a 0.

El partido fue la única final de la máxima competición europea decidida con un partido de desempate.


Miguel Reina, el arquero descuidado.

 


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