domingo, 31 de mayo de 2020

31 De mayo de 1970: la historia jamás contada



El domingo 31 de mayo de 1970, día en que ocurrió el terrible terremoto que afectó a decenas de miles de familias e hizo desaparecer del mapa a la bella Yungay, estaba en marcha una operación que nunca se llegó a concretar y, por ende, jamás fue revelada.
Pasado medio siglo de estos hechos y desaparecido algunos de sus protagonistas, valga recordar esos acontecimientos que devinieron en lo que se convirtió en algo así como ‘la carta que no se envió’; en este caso, el sueño que jamás se concretó, si para bien o para mal, eso nunca se sabrá. Hay que tomar este relato como un pasaje más del anecdotario periodístico de nuestro país
Lo cierto es que de no haberse producido la tragedia que arrasó con la vida de más de 70 mil personas, se hubiera llevado a cabo una operación bien planificada que podría haber cambiado parte de la historia del periodismo peruano.
Fueron pocas las personas que estaban al tanto de lo que se cocinaba entre bambalinas, y mucho menos que esa misma noche se repetiría lo que se había hecho 88 días antes con otros dos diarios de la capital.
Vayamos “por partes y cucharadas”, como decían los abuelos, y recordemos lo que sucedía al interior del diario fundado en 1962 por el magnate pesquero Luis Banchero Rossi, y que condujeron a planificar esa decisión.
Los hechos se remontan, exactamente, a un año antes, a la noche del 31 de mayo de 1969, día en que el secretario general del Sindicato de Periodistas y Empleados de Empresa Periodística Nacional (Epensa), Óscar Vergara, y el secretario de Defensa, José Vargas Sifuentes, presentaron una denuncia formal ante la División de Investigación de Defraudación de Rentas Fiscales de la Policía de Investigaciones del Perú (PIP), que formaba parte del Ministerio de Hacienda y Comercio.
La denuncia fue presentada por los dirigentes sindicales, asesorados por Carlos Ortega, alto funcionario del Ministerio de Industrias y Comercio; y Guillermo Thorndike, exeditor del mismo diario Correo.
Se acogía así la sugerencia hecha por el coronel Campos, director superior de esa cartera, en la reunión que sostuvieron horas antes en la casa del coronel Gallegos, pues el titular del Ministerio del Interior, general Armando Artola, se encontraba de viaje fuera del país. En esa oportunidad, el coronel Campos sugirió que se presentara la denuncia formal, y que se guardara absoluta reserva y paciencia hasta que la policía fiscal obtuviera las evidencias probatorias, siguiendo las pruebas indiciarias expuestas en la denuncia.
Al retorno del ministro, el general Armando Artola, y por sugerencia de Ortega y Thorndike, los dirigentes reiteraron la denuncia, esta vez ante el despacho ministerial. Los documentos fueron entregados al guardia republicano apellidado Calvo, ayudante del coronel Campos.
La cosa es que una investigación propiciada por el Sindicato había revelado que en Epensa, presumiblemente, se cometían ‘graves irregularidades’ contables, con el visto bueno del director-gerente, Enrique Agois Paulsen, cuñado de Luis Banchero (estaba casado con Olga Banchero Rossi). Los supuestos beneficiarios eran el propio Agois, el subgerente general, Róger Charcap; y los jefes de Distribución, Joaquín Arrieta; de Talleres, Antonio Martínez; y de Fotografía, Werner Lang Hetch; más el ingeniero Darío Teodori, de nacionalidad argentina jefe del sistema de comunicaciones del diario, entre otros.
Según el memorándum que se entregó al general Artola, los funcionarios habrían establecido negocios de imprenta que funcionaban clandestinamente con materiales y maquinarias desgravadas al amparo de las leyes que beneficiaban a las empresas periodísticas; y traficado con el papel de bobina que ingresaba desgravado al país y parte del cual era cortado en resmas y vendido a otras imprentas.
En síntesis, la investigación revelaba, entre otras presuntas irregularidades, que se habría estado burlando de la buena fe de los trabajadores por medio de balances que arrojaban pérdidas ficticias; y la impresión de un mayor número de ejemplares que los declarados oficialmente, lo que conducía a burlar el pago de impuestos y perjudicar los intereses del Estado.
La denuncia contenía copias fotostáticas de ‘libros reservados’, pero carecía de pruebas contundentes, pues a estas no tenían accesos los trabajadores, por “falta de los medios necesarios”. De esto se encargaría la policía fiscal.

Una larga espera
Los días transcurrían y nada se había avanzado. Recién el 7 de julio de 1969, y por insistencia de Carlos Ortega, los dirigentes fueron informados del inicio de las investigaciones.
En ese período, algunos cambios realizados por los funcionarios mencionados (liquidación o traspaso de algunas imprentas; y ‘desaparición’ de documentos incriminatorios, por ejemplo), demostraban que la denuncia sindical había llegado a su conocimiento, y estaban ‘curándose en salud’.
Además, 26 días después de presentada la denuncia ante la Policía Fiscal Epensa reveló que su capital se había reducido en 24 millones de soles y que Luis Banchero y las compañías del grupo Banchero habían dejado de ser accionistas.
Con las supuestas pruebas en sus manos, la Policía Fiscal, en coordinación con los dirigentes sindicales, programó la toma de las instalaciones del diario Correo para la medianoche del 31 de mayo de 1970, cuando la edición estuviera cerrada y la mayoría de trabajadores se hubiera retirado, a fin de evitar cualquier posible resistencia.
En la toma del diario participarían fuerzas combinadas del Ejército y de la Policía Nacional, con miras a su posterior administración por una cooperativa que estaría conformada por los periodistas, empleados y obreros del mismo diario.
Los detalles habían sido ultimados con altos oficiales del Ejército la noche del día anterior. En una reunión realizada en casa de Guillermo Thorndike, en Barranco, los dirigentes sindicales fueron informados de los preparativos. En esa reunión participaron también el fotógrafo Carlos ‘Chino’ Domínguez, el periodista Humberto ‘Chivo’ Castillo y dos dirigentes del Sindicato de Obreros, entre otros.
El día señalado, como ocurría todos los domingos, la redacción ubicada en el segundo piso de lo que antaño fuera sede del colegio La Recoleta, en la avenida Wilson (hoy Garcilaso de La Vega), entre las avenidas Bolivia y Uruguay, estaba copada por los redactores de deportes, de fútbol en particular. Esta vez el comentario general era el resultado a 0 goles entre las selecciones de México y de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), en el partido inaugural del Campeonato Mundial de Fútbol México ‘70.
Los diálogos fueron interrumpidos por el fuerte movimiento sísmico que se inició a las 3 y 23 minutos de la tarde, y provocó el desbande general. Periodistas y otros trabajadores corrieron a buscar la escalera de salida de la redacción. La caída de trozos de yeso que se desprendían de las paredes de quincha y adobe hizo que todos temieran lo peor.
Pasado el susto, y ya calmados los ánimos, fueron bajados los escritorios y las máquinas de escribir, y se improvisó una sala de redacción en el comedor de empleados del primer piso.
Conocido el epicentro del sismo, el jefe de Redacción, Julio Higashi, designó a Vargas Sifuentes como enviado especial al Callejón de Huaylas, en compañía del reportero gráfico Óscar Medrano, secretario de Prensa y Propaganda, que también conocía de la toma del diario, pero no de la fecha de su ejecución.
 Ante esa situación, ‘Piolín’ decidió abstenerse de viajar, subió a la sala de Redacción donde estaba instalado el teléfono directo, se comunicó con su hermana Adelina y le explicó que si llamaban del diario dijera que la madre de ambos estaba delicada de salud, como consecuencia del sismo.
Bajó y le informó a Higashi de la ‘enfermedad’ de su madre, por lo que no podía viajar. En su reemplazo fue designado su colega Rodolfo ‘El Cholo’ Orozco. Antes de partir, Medrano le preguntó a ‘Piolín’ sobre lo que iría a pasar esa noche. “No te preocupes, después te cuento todo”, fue su respuesta.
La mentira estuvo a punto de ser descubierta cuando Norman Díaz, encargado de la sección Cables del diario y esposo de Adelina, quiso saber lo que le pasaba a su suegra. Llamó a su casa y recibió por respuesta lo que Piolín había indicado.
Alrededor de las 7 de la noche, Piolín pidió permiso para retirarse y se dirigió a la casa de Thorndike donde ya se encontraban presentes los otros involucrados en la conspiración.
Se iba a repetir la misma acción que tomó el gobierno del general Velasco Alvarado el 4 de marzo de ese año cuando ocupó la sede de los diarios Expreso y Extra y la puso en manos de una cooperativa conformada por sus trabajadores.
Alrededor de las 10 de la noche, Thorndike recibió una llamada del coronel Campos, quien le informó que eran muy alarmantes las noticias recibidas de lo ocurrido en el Callejón de Huaylas, donde una ciudad habría sido sepultada por una avalancha originada en el nevado Huascarán, situación que preocupaba mucho al gobierno militar.
Uno minutos después, a una hora como la de este mensaje, y confirmada la situación de emergencia originada por el sismo, el Gobierno había decidido posponer la toma del diario. Su atención ahora estaba concentrada en hacer frente a los daños ocasionados por la tragedia.
Así, se dejó sin efecto la toma del diario, y sobre el tema no volvió a hablarse durante los meses siguientes. Óscar Vergara, ‘Piolín’ Vargas y Óscar Medrano no volvieron a tratar el tema, y este paso al olvido.
Muchos meses después, Vargas Sifuentes -y presumiblemente Vergara y los otros ‘conspiradores’- recibió dos órdenes de comparendo de la División de Investigación de Defraudación de Rentas Fiscales de la PIP. Una emitida el 2 de febrero de 1971 por el comisario primero PIP Ciro Cano Meneses; y otra el 10 de marzo firmada por el coronel PIP Aquiles Medina Merino.
La primera orden citaba a Piolín para el 3 de febrero “para esclarecimiento sobre defraudación”; y la segunda, para el 13 de marzo, “para esclarecimiento sobre denuncia presentada a esta dirección”.
En coordinación con Thorndike, Piolín hizo caso omiso a esas citaciones, pues él ya no era dirigente y la situación de los trabajadores diario había mejorado gracias a la atención que recibió el Pliego de Reclamos del Sindicato, por parte del Ministerio de Trabajo, que atendió la sus demandas.
Además, por si fuera poco, ya se había pasado la misa de 8, como también decían nuestros abuelos. Colorín colorado, y a otra cosa, mariposa.

JLVS

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