miércoles, 13 de mayo de 2020

La sucia historia de la higiene (IV)


La historia poco conocida
Escribe: José Luis Vargas Sifuentes

Ya nos hemos referido a la nula afición por la higiene en Europa Occidental. Agreguemos que, en Francia por ejemplo, la marquesa-madame de Pompadour gastaba fortunas en fragancias para anular los olores naturales que hubiesen desaparecido con agua y jabón, y madame Du Barry (última amante de la aristocracia francesa) se colocaba almohadillas perfumadas en las axilas y sus partes íntimas, para seducir a Luis XV, y lo mismo hacían las damas de la sociedad.
Además de perfumes se utilizaba polvo de arroz, surgido a fines del siglo XVI, y servía para tapar impurezas del rostro, incluidas las heridas surgidas por falta de higiene.
Cuando la reina Victoria ascendió al trono en 1837, el Palacio de Buckingham no contaba con sala de baño, y el Castillo de Windsor estaba infestado con 53 pozos sépticos totalmente llenos.
El caso indignó al diplomático y parlamentario escocés David Urquhart, quien propició el adecentamiento de las costumbres sanitarias e introdujo los baños turcos en Gran Bretaña, por cuyo uso abogó en su libro ‘Los pilares de Hércules’ (1850).
En el siglo XVII, especialmente en Europa Occidental, surgió la idea de que una camisa de lino era lo más adecuado para mantener el cuerpo limpio. Sus defensores argumentaban que los puños y los cuellos absorbían toda la suciedad, y mostraban esas partes como prueba de su afirmación.
Katherine Ashenburg, autora de ‘La suciedad en limpio’, recuerda que el arquitecto parisino Louis Savot construyó una serie de mansiones para clientes adinerados. “Al mostrarlas, una mujer le preguntó dónde estaban los baños, y aquel respondió que no hacían falta. La mujer insistió, y él le dijo: “Los griegos y los romanos tenían baños. El arquitecto le respondió: “Ni griegos ni romanos conocían las propiedades higiénicas del lino.”
Durante el Renacimiento (siglos XV y XVI), la situación no mejoró, pues las clases medias y altas temían al agua, y pensaban que debilitaba el cuerpo y producían heridas. “Desde el Renacimiento y hasta el final del siglo XVIII, se bañaban tan poco como los campesinos o los urbanitas pobres”, dice Ashenburg.
Ni qué decir de las ciudades. En su libro ‘Sketches by Boz’, Charles Dickens describe un barrio bajo londinense y el cúmulo de focos de infección que representaban los canales de desagüe abiertos, las siempre presentes ratas y el hacinamiento de humanos y animales, producto del acelerado crecimiento de las ciudades a partir de la Revolución Industrial.
Empezando por los monarcas, la gente solo se enjuagaba las manos y la boca, lo que bastaba para considerarse limpios. Los médicos aconsejaban no lavarse la cara regularmente y decían que producía inflamación y pérdida de visión; e incluso que el lavado regular de las partes íntimas era causa de infertilidad.
El cuidado de los dientes era cosa aparte. Como las extracciones se hacían sin anestesia y eran dolorosas, fueron objeto de especial atención. Se intentaba mantenerlos sanos con cenizas de romero que se frotaban con trozos de tela.
La Revolución Industrial (1760-1809) trajo muchos avances tecnológicos en Europa Occidental, pero la higiene no disfrutó de sus ventajas.
Con el advenimiento de la medicina moderna y los conceptos modernos de sanidad, la sociedad entendió que la higiene personal no era un lujo, sino una necesidad. Literalmente los médicos buscaban convencer a sus pacientes de bañarse. Caso de Friedrich Biltz, quien a finales del siglo XIX, en su libro ‘Nueva cura natural’ pedía a los ciudadanos alemanes, que desde la infancia no habían entrado al agua, a que osaran nadar en un río o bañarse.
A principios del siglo XX, la actitud de la población empezó a cambiar para bien. Los médicos comenzaron a recomendar la higiene personal como principal método para evitar infecciones y enfermedades, las infraestructuras mejoraron y con ellas los hábitos de limpieza. Europa volvía a ver la luz en el tema de la higiene.
En diciembre de 1857 el estadounidense Joseph Gayetty introdujo el ‘papel medicado’, que eran hojas sueltas de papel manila humedecidas con aloe, producidos su fábrica en Nueva Jersey. Fue el primer papel de baño moderno, que sería opacado por el papel en rollo, popularizado en 1880 por los hermanos Edward y Clarence Scott, de Filadelfia.
En 1888 hizo su aparición el primer desodorante producido comercialmente, con la marca Mum; al que se sumaría el antitranspirante, que reduce la sudoración corporal, inventado en 1903.
El champú, que permitió lavar de verdad el cabello y hacerlo brillante y elástico, fue inventado también al final del siglo XIX.
Y así se fueron perfeccionando los productos para la higiene, aunque muchos se olvidaron de usarlo… Hasta que apareció el coronavirus.
Ojalá que hayamos aprendido la lección y que estas sanas costumbres se mantengan para siempre. La Tierra y nuestro prójimo nos lo agradecerán.


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